Al otro día (CUENTO)

 Abtei im Eichwald (Caspar David Friedrich, 1809)

Ariadna sentía que se ahogaba mientras trataba de sostenerse al piso de madera que se quebraba y chamuscaba cada vez más. Una neblina blanca llenaba la habitación en la que se encontraba, y todos los cuerpos difusos que la rodeaban caían en precipicios de fuego, abismos que abrían sus fauces en el suelo como descontrolados portales al infierno. Aquel fenómeno de color blanco entraba por las ventanas abiertas de par en par como una criatura fantasmal e invadía los cuerpos de todos los seres presentes. Sentía que sus pulmones se disolvían poco a poco mientras su vértebra se resquebrajaba en una pasta negra y fangosa. Era un dolor fuerte, sin embargo, Ariadna sentía muy poco familiar la situación en la que estaba, como si hubiese sido insertada en esa horrible escena por una fuerza superior.

Era como una extranjera en un país de las llamas.

Mientras las sensaciones de quemadura llenaban su cuerpo generando horrendas ampollas en su piel, una nueva luz se hacía cada vez más y más fuerte. Ariadna avanzó hacia esta haciendo un enorme esfuerzo, y deseó que extinguiera completamente la neblina blanca que desfiguraba completamente su ser. Lo que quedaba de ella finalmente descendió a las llamas del piso de abajo, mientras era bañada en una luz blanca y calurosa, un calor muy distinto al de las llamas que la tragaban, célula por célula.

La luz del sol despertó a Ariadna de su sueño, uno que su cuerpo indicaba que duró más de ocho horas. Antes de mirar a sus alrededores, se dispuso a sacar su celular del bolsillo y lo encontró con la pantalla resquebrajada en cuatro pedazos grandes. Con poca ganas intentó prenderlo pero no tenía batería, pues ni una sola luz en este se encendía, ni siquiera la clásica notificación de que no debería estar prendiendo el teléfono en primer lugar si contaba con tan poco energía.

—¿En donde carajo terminé?

Luchando con un enorme dolor de cabeza y un mareo importante, Ariadna se sacó el cabello negro de la cara (que le caía encima en mechones húmedos por el rocío) y trató de ponerse en una posición vertical decente para observar sus alrededores; ni bien lo logró, sintió que su estómago dio veinte millones de vueltas y luego una fuerte arcada impactó en su garganta, como una explosión, pero afortunadamente logró mantenerse de pie.

—¿Qué es esto…?—dijo, y luego se refregó los ojos.

A pesar de sentir que el mundo daba vueltas a su alrededor, la joven vio algo que en un principio atribuyó al mareo, pero luego le resultó claro que estaba efectivamente frente a sus ojos; eran varias iglesias del tamaño de un juego infantil de parque para niños. Catedrales góticas, románicas y otros edificios de elegante diseño estaban repartidos por aquella extensión llena de árboles, pero eran todas pequeñas y parecían adaptadas para que un niño pequeño se introdujera en ellas y las usara como una suerte de guarida.

Ariadna comenzó a caminar por sus alrededores y vio que estaba en un bosque a unos cuantos metros de una carretera polvorosa de color amarillento y que del otro lado se encontraban varios campos de cultivo que se extendían y parecían verdes pinturas en el lienzo del horizonte.

Luego de ponderarse de nuevo donde demonios estaba, su atención volvió a la ciudad en miniatura a sus alrededores y con un poco más de claridad, se dio cuenta que gran parte de aquellos edificios habían sido modificados para volverse juegos infantiles. De una catedral gótica vio salir la plástica lengua color rosado de un tobogán; había dos torres del reloj de estilo británico que estaban toscamente conectadas por una vara de hierro y esta tenía dos columpios de madera colgados; una casa victoriana tenía varias escaleras de madera adheridas con clavos y en el techo tenía un tobogán por cada lado del rectángulo que cubría la casa. Muchos otros edificios adaptados a simples objetos de entretenimiento infantil llenaban aquella zona boscosa, como por ejemplo, un sube y baja que usaba una de las casas pequeñas como un soporte o una torre medieval llena de palos para colgarse. Su interpretación de que parecían adaptadas a juegos infantiles había resultado ser correcta, para su sorpresa.

Por unos minutos trató de racionalizarlo, interpretando todo como un campo de mini-golf o algún trabajo de alguien con muy poca idea de lo que los niños suelen encontrar llamativo en un parque con juegos, pero el nivel de detalle de los edificios en miniatura era muy elevado como para ser algo hecho solo para entretenimiento; también estaba el hecho de que era muy notable que los elementos recreativos habían sido introducidos mucho después. La mezcla violenta de varias eras en una sola construcción más la resaca le hizo preguntarse si no estaba alucinando todo y despertaría dentro de poco en la casa de su madre, muy confundida pero por lo menos con una idea donde estaba parada.

Recordándola a ella, se miró la ropa para ver que tanto se había ensuciado luego de la aventura que tuvo y efectivamente tenía manchas de barro secas y restos de pastos en la camisa y saco del trabajo.

—Mierda, no voy a poder ir a trabaj...—Ariadna hizo una pausa y se llevó con fuerza una palma a su frente.—Ah.

La joven recordó con rapidez el hecho de que había sido despedida el día anterior ni bien llegó a su trabajo en la recepción del hotel al inicio de la tarde. Recibió razones mixtas, su jefe dijo que había recorte de personal pero luego afirmó que necesitaban a alguien más capacitado para el trabajo. Según sus compañeros era solo por el hecho de que no le caía bien a uno de los gerentes, uno que intentó flirtear con ella sin mucho éxito hacía ya un par de semanas y ella obviamente rechazó con su mayor cordialidad. Conjurando el valor para no insultar a nadie, Ariadna se fue con la cabeza baja, conteniendo las lágrimas y evitando hablar con la menor cantidad de gente posible en el camino a la salida del hotel.

Luego de eso, se dejó caer en el bar más cercano y su memoria luego de eso era muy difusa, solo luces y gritos sordos. Recordaba haber gritado “Me voy en un viaje por el mundo” al salir del bar mientras agitaba su botella de una bebida alcohólica que su caótica memoria no lograba identificar.

—Bueno, quizá eso explique por qué estoy aquí.—dijo con frustración.—¿Qué clase de bus me habré tomado? Seguro el boleto debió haber costado mucho, mierda.

Tuvo el acto reflejo de sacar su celular de nuevo para usar el GPS, pero recordó que estaba roto. Gruñó y continuó caminando por los alrededores, ponderar sobre aquel bizarro lugar era mejor que recordar que estaba desempleado y sin ningún método de contacto. Tampoco estaba segura de estar en Montevideo, lo cual agregaba el sentimiento de poca familiaridad a la vorágine de emociones que se agitaba en su mente.

Se sentó cuidadosamente en uno de los columpios entre las torres del reloj para tener una vista más panorámica del lugar. La madera estaba un poco sucia de aserrín, pero estaba tan frustrada que ya no le importaba el ensuciarse la ropa, una indiferencia de la que sabía que luego se arrepentiría.

La atmósfera del lugar era muy bizarra, y no eran solo los edificios en miniatura y su extremo nivel de detalle, si no el hecho de que le recordaba a algo que ya había visto antes, hace mucho tiempo. Le costó recolectar las memorias con la resaca, pero cuando tenía doce años había visto un documental sobre ciudades abandonadas en internet; eran las tres de la mañana y tenía liceo al otro día, pero decidió desobedecer a su madre y quedarse viendo sigilosamente algo que en retrospectiva parecía completamente falso, pero su impresionable mente distorsionó en una realidad posible.

Era sobre Centralia, un pueblo fantasma destruido por un incendio generado en las minas bajo tierra; el editor, en la parte final del video, hacía zoom en una esquina para mostrar que supuestamente había un fantasma detras del humo, usando un sonido de terror que en ese momento le heló la sangre.

Su mente logró identificar al fin lo que sentía: Era como si el lugar realmente fuera una ciudad abandonada y ella fuera una gigante observando todo desde arriba; su mente eliminaba el hecho de que esos edificios habían sido brutalmente fusionados con juegos infantiles y solo veía la ciudad, silenciosa, solitaria, junto a una carretera por la que no pasaban demasiados autos. Dejó volar su imaginación y pensó en cuánto debía medir la gente que hipotéticamente viviría en aquellos edificios y llegó a la conclusión de que debían de estar por los veinte o treinta centímetros de altura aproximadamente.

Miró al suelo y vio como había caminos curvos hechos con pequeñas baldosas que conectaban las casas y los edificios, luego tuvo un pequeño acceso de risa al recordar a su compañera de liceo que le decía que estaba segura de que los duendes existían y siempre le trataba de convencer sin mucho éxito. Se imaginó caminando por estos caminos y evitando las hormigas, recogiendo piedritas o sumergiéndose en las junglas de pastura que debían de parecer casi infinitas desde esa perspectiva.

—Ojalá este fuera mi nuevo hogar.—dijo, continuando con su costumbre de hablar sola al estar deprimida.—Pero soy muy grande.

Se dispuso a levantarse para encontrar una manera de regresar a su “hogar”, pero no pudo, sabía que era lo que pasaría cuando llegara a su casa (si es que llegaba). Tendría que admitir que fue despedida, que se emborrachó, y a todo esto le seguiría los eternos juicios de su madre sobre las miles de razones por las cuales no encontraba trabajo y no sería nadie en la vida si seguía por este camino. El único momento donde la dejó relativamente en paz fue cuando consiguió aquel trabajo en el hotel, pero aún así los comentarios ácidos aún surgían en la mesa cada tanto. Pensando que ya no causaría mucho más daño el quedarse un rato, decidió inspeccionar más de cerca los edificios.

A través de las pequeñas ventanitas de cada edificio, podía ver lo que parecían ser pequeños muebles quemados y partidos en varios pedazos acumulados en las esquinas interiores, cubiertas de cenizas, las paredes y los pisos estaban completamente ennegrecidas y en algunos casos, había astillas chamuscadas que sobresalían sospechosamente y trazaban líneas rectas, cada una a unos cuantos centímetros de la otra; era como si alguien hubiese arrancado los pisos superiores a la planta baja con la ayuda de un intenso fuego. Esto era algo que se repetía en todas estas misteriosas instalaciones, siempre faltaban pisos y vidrios y había mueblecitos negros esparcidos, dándole una fuerte evidencia de que estos edificios nunca fueron juegos infantiles en primer lugar.

No tenía sentido práctico ni económico armar todo eso si los niños no se iban a meter dentro. Otra cosa que notó era el aroma raro y parches chamuscados en las paredes que le convencieron poco a poco de que algo muy extraño había sucedido allí, trató de ser racional pero ninguna pieza encajaba con la otra.

Su imagen mental de una ciudad fantasma se hacía cada vez más potente mientras más miraba; cada casa y edificio era la antítesis de su exterior, por fuera eran elegantes y ornamentadas, pero por dentro era como si un torbellino de destrucción hubiese arrasado con todo.

—¿Qué pasó aquí...?—se preguntó a sí misma en voz muy baja.

Se imaginó una casa de muñecas destruida por un niño cruel o un adulto adepto a severos castigos. Algo le resultaba familiar de todo este escenario, y le costaba identificar la razón, hasta que algo interrumpió sus pensamientos dándole el sobresalto de su vida.

—Disculpe…¿Qué hace usted acá?—preguntó una voz femenina nerviosamente.

Ariadna se resbaló del sobresalto, cayendo al suelo sentada y vio una mujer rubia y regordeta de camiseta blanca, gorro rosa (con un logo de un sol sonriente con pétalos de flores a su alrededor) y jeans mirándola muy preocupada; tenía un rastrillo en la mano y lo sostenía como para defenderse por las dudas, pero lo cierto era que ella estaba más asustada.

—P-Perdón, yo no quería molestar, desperté aquí luego de...—las siguientes palabras las dejó salir con un enorme peso de verguenza.—Tomé mucho y terminé aquí…

—…¿Cómo terminó aquí? ¿Quién es usted?—preguntó sosteniendo con más fuerza el rastrillo.

—Me pregunto lo mismo...¡No quien soy, eso sería muy bobo, si no como llegue acá! Honestamente no sé ni donde estoy…Me llamo Ariadna Torres, por cierto.

—Campamento infantil “El Ceibo”, en Canelones.—la mujer dejó salir un bufido.—Por eso es que dije que debíamos poner un alambrado cerca de los juegos por mucho que costara, se mete gente como usted. Prefiero no decirle mi nombre por las dudas.

—Le ruego me disculpe, tuve un mal día y una cosa llevó a la otra, y…

—Terminó en un campamento infantil, eso está claro…¿De donde viene?

—Montevideo.

—Honestamente eso hace a la historia aún más sorprendente, conocí muchos borrachos en mi vida, pero ninguno que cruzara de un departamento a otro.

—Creame que estoy tan sorprendida como usted.

—¿Debería llamar a la policía?—preguntó con un dejo de sarcasmo.—Si usted no tuviera esa ropa formal ya lo hubiera hecho desde hace rato.

—Eso suena un poco clasista.

—¿La llamo o no?—preguntó más severamente, ignorando su queja.

—No, por favor, ya tuve suficientes desgracias, le prometo que me iré y no volverá a ver mi cara en todo Canelones—miró para todos lados.—…¿No me vieron los niños, verdad?

—No que yo sepa, los mandamos a acostar temprano.

—¿Me lo promete? Creo que ya quedé lo suficientemente mal en Montevideo como para ser el chiste de niños en un campamento.

—Sí, lo prometo.

—Ah, menos mal, que suerte. Ahora me iré y nos olvidaremos que esto sucedió.—tomó su cartera, que había quedado cerca de uno de los edificios y procedió a retirarse, pero cuando agarró la correa algo la detuvo.—¿Le puedo preguntar algo, si no le molesta?

—...Diga.—dijo con fastidio dejando caer la espalda contra la iglesia gótica.

—¿Cuál es la historia detrás de estos...pequeños edificios?

—Sabía que sería sobre eso.—dijo con una sonrisa amarga.—Lo supe ni bien la vi mirando los edificios por dentro, todos hacen eso.

—Bueno, tiene que admitir que es algo bastante curioso.

—Oh, lo reconozco, pero también es un poco pesado. Es lo único anormal en este campamento, uno completamente normal, de no ser por esos edificios en miniatura. No se hasta donde me creo la leyenda detrás de esas cosas, pero es la única información que tengo. El jefe nunca fue un tipo que se cuestionara mucho los elementos inexplicables a su alrededor, así que dijo “aprovechen el material y vuelvanlo una plaza de juegos para los niños.” y honestamente no se si esa fue una buena idea, pero aquí estamos.

—Si le genera problema, me voy, yo no quiero molestar.

—No es que me moleste, es que no veo qué utilidad podría tener explicárselo a usted, nos acabamos de conocer y estoy segura de que ya debería haberla echado a golpes de rastrillo. Vine aquí a barrer las hojas y tratar de encontrar un juguete de uno de los niños.

—No se como explicarlo, no es que me sea útil, solo pienso que...—Ariadna se llevó una mano a la barbilla para intentar procesar bien lo que quería decir.—Este lugar me atrapó un poco.

—¿Le atrapó?

—Normalmente no me siento segura en lugares desconocidos, y aquí tampoco, a decir verdad, pero la diferencia es que en otros casos, correría al lugar civilizado más cercano para pedir información, pero en este caso, decidí quedarme un poco a mirar. Admito que en parte fue para retrasar un encuentro con mi madre luego de perder mi trabajo, pero creo que hubo algo más aquí, y mire que trato de no creer en esas cosas. De todas formas, entiendo que no quiera hablarlo, quizá sea algo privado.

—Me gustaría creer que eso que siente va más allá de una fascinación inducida por el alcohol.

—Oiga, ya no estoy borracha, como mucho, tengo una resaca.—dijo Ariadna sonrojandose.

—Pero bien, le contaré si promete irse luego de esto.

—Está bien, es todo lo que necesito.—aceptó sonriendo.

—...Y, ni bien pueda comparta la página de facebook del campamento.

—...Está bien, supongo.

La mujer la indicó las hamacas con un gesto de la cabeza rápido, y ambas se sentaron; comenzó a contar la historia con rapidez.

—Esta era la chacra de un arquitecto, Mario Rosas, un hombre viudo que vivía con sus dos hijas. La muerte de su mujer lo volvió un cristiano devoto, una transformación masiva según quien me contó la historia, pues antes de eso era un fuerte ateo. Amaba tanto a su mujer que se obsesionó con la idea de que su fe la traería de nuevo, me dijo que a veces se olvidaba de la existencia de sus hijas y pasaba horas y horas en su estudio leyendo la biblia o diseñando edificios en miniatura.

—…¿Y esos edificios son estos?

—Sí, los hacía en honor a su esposa, o eso creían. Estaba claro que amaba a su esposa, pero Mario parecía que se había metido en algo más profundo que el amor incodicional y el cristianismo más puro. Quería recrear algo, como “una tierra prometida” o una “villa dorada” para el alma de su esposa, esas fueron las palabras de la mucama al menos. Cada día estaba más loco y repetía nombres extraños que nadie nunca había oído mientras gastaba todo su dinero en estas extrañas réplicas que mandaba a construir en su terreno.—hizo una pausa para procesar todo lo que debía decir y luego prosiguió con un poco de temblor en la voz.—Sus hijas eventualmente se fueron con su tía materna y Mario perdió su empleo, pero no le importó, pues cuando todo realmente cayó en picada, fue cuando las miniaturas comenzaron a ser “invadidas” por lo que la mucama describía como “motas de luz con patas”.

—¿Como luciérnagas, dice?

—”Sirvientes del demonio”, les decía Mario, eran más que luciernagas, eran seres luminosos voladores más similares a humanos que emitían una luz esférica. Mario aseguraba que invadían sus sueños, le engañaban, le mostraban falsedades; pero su mayor problema era que estaban usando sus miniaturas como vivienda y eso, de nuevo, según sus palabras, interrumpía el ritual tan importante que tenía entre manos. La mucama aseguraba que Mario eventualmente reemplazó a Yahveh por algo llamado Yaldabaoth y consideraba que esas luces eran los esbirros de un demonio que se oponía a su felicidad. Intentó sacarlos de muchas maneras, pero...al final se cansó y usó un tipo de gas que estaba seguro que los fulminaría.

—Dios mío…

—Encendió en llamas las miniaturas por dentro y con esas mochilas que usan los fumigadores, echó el gas. La mucama vio todo esto con horror, Mario se estaba riendo por primera vez en mucho tiempo y gritando el nombre de su esposa. No me preguntes como un montón de criaturas pueden obstruir un ritual pero el fuego y el gas no, pero mi teoría es que su odio por estas extrañas criaturas terminó opacando el amor por el concepto mismo de resurrección. Ni bien terminó, le pidió a la mucama que apagara las llamas y se asegurara de que las llamas no llegaran a la parte de afuera de los edificios. Lo cierto es que hay una cosa cierta en esta historia, algo que incluso la mucama no pudo esconder.

—…¿Qué?

—Mario amaneció chamuscado al otro día. su cama era cenizas también, y el álbum de fotos de su esposa se había quemado con él, encontraron restos chamuscados del encuadernado alrededor de la cama...

Ariadna sintió el impulso de vomitar más fuerte en su vida, pero decidió no romper la historia y se contuvo completamente sosteniéndose contra uno de los juegos. Se arrepintió de haber preguntado, sin embargo ya era muy tarde y  querías agarrarse a la posibilidad de que todo era una mentira de la mucama para llamar la atención.

—Sí, yo reaccioné de manera similar cuando la rastree para preguntarle, fue como dos meses antes de su muerte.—dijo sin romper su estoicismo.—¿Sabes? A veces dudo si esa historia es real, pero en algunas noches sueño con esas llamas, con ese gas, como una neblina blanca que se mete por las ventanas y caigo en una piscina de fuego, no se si es que estoy sugestionada o...no se, simplemente no se. Es como si mis sueños fueran invadidos por otra existencia. Quizá Mario no estaba errado, al menos en la parte de los sueños

Algo le resultaba familiar a Ariadna en la descripción de ese sueño. Era una sensación de haber estado en el mismo lugar que ella. Recordaba haber soñado con eso antes de haberse levantado del frío césped, pero se sintió más como una experiencia, como si le hubiesen implantado un recuerdo en su mar cognitivo.

—...Entiendo.—dijo.—Creo que se como se siente, soñé algo similar.

A la mujer se le iluminó el rostro un poco.

—¿En serio?—preguntó.

—¿Para qué le mentiría?—preguntó Ariadna.

—Perdóneme por dudar de una mujer que recién salió de una resaca.—dijo con un dejo de sarcasmo.—Siempre me juré que el día que renuncie a este trabajo o me despidan por ser una vaga, iba a agarrar un mazo y romper a golpes estos edificios del demonio. Aunque no fueran producto de esta historia de terror barata, se ven como el sueño de un idiota con demasiada imaginación.

—Bueno, eso no se lo discuto.—dijo Ariadna cruzando los brazos.

—Pero recuerdo algo que me contó un nene y nadie le creyó.

—¿Qué cosa?

—Era un niño que en ese momento estaba en cuarto de escuela y era el peor niño problema que te pudieras imaginar, no obedecía absolutamente nada de lo que le dijeras, no comía cuando debía comer, no dormía cuando debía dormir y cada día encontraba una manera nueva de pelearse con algún compañero.—a Teresa se le dibujó una sonrisa.—Pero un día me contó algo interesante, una vez logró escaparse del dormitorio sin que nadie lo notara. fue hacia los juegos, y ahí los vio, trazando círculos concéntricos entre todos, eran las motas luminosas y todas giraban alrededor de la catedral más grande de todas las miniaturas. Estaban cantando.

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