Perdidos en navidad (CUENTO)

Santa Claus llevaba en su trineo varios regalos para cada niño que se portara bien alrededor del mundo, sin embargo, si el infante (o la infante) habían cometido una cantidad determinada de fechorías, se les regalaría un pedazo de carbón de variable tamaño, y luego dependería de los reyes magos. Santa miró hacia adelante sonriendo, aún quedaban regalos por entregar y chimeneas por las que bajar. Pudo ver de lejos, a pesar del viento nevado que levantaba su barba blanca, unas cuantas luces que indicaban la presencia de una ciudad. Le hizo la señal a Rodolfo, y este no le prestó demasiada atención, así que aplaudió para que lo oyera.

Todos los renos giraron la cabeza menos Rodolfo, que se mantenía cabalgando en pleno aire, ignorando a su dueño. Santa estaba confundido.

—¡Ea, Rodolfo!—gritó.

Rodolfo se giró, pero en realidad no era él. La brillante nariz roja no estaba, era una genérica nariz negra. Miró al resto de los renos, sin darse cuenta de que había detenido completamente el trineo. No había nariz roja, solo narices negras. Le resultó extraño presenciar tal escena, Rodolfo estaba todos los años a la delantera, del lado izquierdo, y era como el comandante improvisado de todos los renos. Se llevó una mano a la frente al pensar que lo podía haber dejado en el polo norte y se había confundido. Pero eso era imposible, el nunca fallaba en esto, era su oficio desde hace siglos. Podía jurar que lo había atado el mismo en las preparaciones. Palpó la lista de niños en su bolsillo y decidió continuar con su travesía, podía hacerlo sin Rodolfo, luego se disculparía con él y le serviría el doble de comida. Le pidió a los renos que aceleraran, y eso hicieron, pero no con la fluidez que esperaba, sino que dieron un violento empujón que lo sacudió un poco. Estaba teniendo un mal día, estaba seguro, en algún momento después de años en aquel trabajo debía ocurrir. No recordaba haber fallado nunca cuando empezó, siempre había sido bueno en el trabajo, por algo era Santa Claus.

Centró su mirada de nuevo en las luces lejanas de aquella ciudad, eran de varios colores y algunas parpadeaban de manera algo molesta. De acuerdo a su memoria, siempre tan cartográficamente ajustada, estaba de camino de camino al condado de Niobrara, en Wyoming, Tenesee, los Estados Unidos, que era el país donde siempre empezaba a entregar sus regalos. Nunca supo porque, simplemente lo hacía, le quedaba relativamente cerca, ciertamente y desde allí podía seguir avanzando al resto del mundo por el resto de la noche.

Por alguna razón se sentía lento, como si sus renos no estuvieran a su máxima velocidad. Les gritó de nuevo y dieron otro empujón, pero llegó un momento en que se dio cuenta de que las luces simplemente no se estaban acercando. Les gritó de nuevo mientras trataba de hacer memoria visual, pero simplemente se mantenían iguales, como si nunca pudiera alcanzarlas. Sintió frío también, y pudo ver como el viento nevado había limitado mucho su campo de visión.

—Imposible...

No importaba cómo estuviera el clima, el siempre veía a donde ir, siempre tenía una señal, algo lo guiaba, lo llamaba el espíritu navideño a falta de un mejor término. Gritó de nuevo para avanzar aún más rápido, con cierta frustración que no recordaba haber sentido…

Nunca, nunca la había sentido.

Las luces no cambiaban su posición, no cambiaban su tamaño, no se separaban. Santa gritó de nuevo, pero los renos implemente cedieron. No, lo más adecuado sería decir que las cuerdas que él había atado personalmente se habían desatado como si fueran simples nudos marineros.

Una caída.

Los renos salieron cabalgando por el cielo nocturno y se fundieron con lo que ahora parecía ser una tormenta de nieve de enormes proporciones. El trineo, sin nada que lo levantara, fue cayendo, también siendo recibido por las fauces de la nieve. Santa no supo qué hacer, jamás había considerado este escenario. Extendió la mano de manera estúpida hacia donde sus renos se habían ido, pero no volvieron. Su cuerpo se separó del trineo y cayeron con una enorme separación. Consideró que caería sobre la nieve, quizá podría salvarse. Pensó en los niños, miró los regalos desmoronarse en la caída, la bolsa escupiendo millones de juguetes. Esperó el golpe, pero simplemente siguió cayendo cuando simplemente perdió el conocimiento.

Cuando recobró el conocimiento, lo primero que vio, fue su trineo partido en dos, con enormes astillas saliéndole de todos lados. Una parte de aquel tradicional vehículo había estallado como si una enorme onda expansiva hubiese explotado adentro. Miró hacia el asfalto grisáceo en el que se encontraba y había pedazos de plástico esparcidos. Nunca olvidaba un regalo, y pudo divisar el robot de juguete que había puesto último en la bolsa. También estaba la muñeca Barbie, con la cabeza abollada y sin piernas. Pisó algo al levantarse, y era pequeño pato de goma de un set que estaba esparcido a unos centímetros de él, cada uno de ellos de un color distinto; el rojo se había pinchado. Se incorporó con dificultad, le costaba un poco, pero lo delegó al cansancio.

Y luego se acordó de que nunca se cansaba.

Apretó un puño y miró a su alrededor, estaba en un espacio hecho de asfalto, pero se dio cuenta de que no era una calle, estaba en una zona donde el suelo estaba hecho de ese material y lo único que iluminaba el desastre a su alrededor de manera decente eran unos postes de luz bastante potentes. Ya no había tormenta, pero tampoco había un bosque, y recordaba perfectamente el haber volado por encima de un bosque en el momento en el que cayó. Había árboles plantados en cubículos, pero no era un bosque lleno de nieve. Tampoco había nieve ni sentía frío. La luz de la luna iluminaba montañas de algo a lo lejos. Santa se quiso ajustar las gafas pero se dio cuenta de que no las tenía, seguro se habían caído y estaban rotas. Se cuestionó por primera vez porque necesitaba lentes si se suponía su visión era tan buena, pero decidió avanzar. Palpó su bolsillo instintivamente para sacar su lista, pero esta no estaba. Razonó que se le pudo haber salido del bolsillo mientras se caía y pensó con horror sobre los niños, que no podrían recibir sus regalos sin él y echó a correr hacia las montañas mientras las luces de los postes se iban encendiendo mientras él pasaba. En realidad no sabía que hacía, no tenía ningún tipo de protocolo para lo que estaba sucediendo en aquel momento, siempre confiaba en que los viajes saldrían bien y eso sucedía. Pero hoy no. Él realmente pensaba que era conceptualmente imposible que las cosas salieran mal, pero  su trineo se había roto, sus renos habían huido y estaba corriendo hacia unas montañas de algo desconocido. Uno de los postes de luz se encendió y le mostró algo que le hizo caer de la sorpresa.

Eran trineos.

Era una montaña de trineos.

Variaban en diseño respecto al suyo, pero siempre eran similares. El resto de las luces se prendieron con un sonido eléctrico, revelando pilas y pilas que parecían extenderse de manera infinita, algunos eran más grandes que otros, pero siempre tenían lo mismo, las mismas pilas de madera astilladas y partidas en dos, con tablones desprolijamente acumulados en las bases. Santa no supo qué pensar.

—¿Otro trineo más que limpiar? Todas las navidades lo mismo.—dijo una voz que se acercaba desde las sombras. Era un regordete de barba blanca y larga como él, con rasgos faciales ligeramente similares, pero con un color de ojos más oscuro. No llevaba un traje de papá noel, si no un uniforme de jean azul y una carreta con distintos instrumentos de limpieza.

Este individuo lo vió y le sonrió. Santa retrocedió un poco asustado, las similitudes que tenían le inquietaban un poco, pero no quería parecer maleducado, así que decidió avanzar con cautela. Quizá podría sacar una explicación del contratiempo en el que estaba.

—Buenas noches, supongo…¿Tiene alguna duda?

—S-Sí, mire, necesito volver al cielo y entregar los regalos.

—¿Los que están rotos en el suelo? Hace tiempo no ando por las afueras, pero puedo decirle que a los niños no le gustan los juguetes rotos.

—Lo sé, pero no puedo ir con las manos vacías...—Santa hizo una pausa y se dio cuenta de que se olvidó de una pregunta esencial.—¿Quién es usted?

—Soy el número dos.

—…¿El número dos?

—Bueno, al menos así estoy en la lista del número uno. También puede llamarme Santa Claus, Papá Noel y por una razón que olvidé hace ya muchos años, San Nicolás.

Santa rió, lo que le estaban diciendo le resultaba imposible. Luego dijo:

—No, no eso es imposible, yo soy Santa Claus.

—Sí, es verdad,  eso último no se lo discuto.

—…¿Entonces por qué dice usted también que es Santa Claus?

—Por que que usted sea Santa Claus no quita el hecho de que yo también lo sea, estimado. Sí, estoy inactivo, pero he visto acción en mi trineo, mucha, de hecho.

—Lo siento, pero creo que no comprendo lo que me dice.

—¿Qué es tan difícil de entender?—dijo mientras revisaba las diferentes escobas que tenía.

—¿Disculpe? Quiero decir, para que existan dos Santa Claus tendrían que existir dos polos norte.

—Hay más de dos, de hecho.

—Con el debido respeto, usted está sugiriendo una imposibilidad geográfica.

—Oiga, no quiero charlas de realismo, en lo que a mi respecta somos dos gordos barbudos que repartieron regalos en un trineo volador. Además, no es necesario que tengamos dos polos norte, perfectamente usted podría haber tenido su taller en un lado y yo del otro.

—…¿Es ese el caso?

—No, sólo señalaba la posibilidad, es la más plausible si quiere ser realista.

—Usted debe estar mintiéndome.—dijo con pánico.—Quiero decir, no sería tan creíble si usted y yo no fuéramos tan parecidos. ¿Ser Santa Claus se volvió un puesto de trabajo ahora? Me siento ofendido.

—Bueno, si quieres ponerte técnico, hay gente que no es Santa Claus que gana dinero disfrazándose como nosotros para ganar dinero en navidad. Respecto a lo de la apariencia, soy como...—aquel misterioso conserje hizo una pausa para pensar.—...cinco ciclos universales más viejo que tu o algo así, así que debería ser yo el que reclama por el plagio de apariencias. Fuera de eso, hermano, deberías quejarte con el número uno, no conmigo, yo solo decidí quedarme a limpiar.

—¿Ciclos universales…?

—Número uno.

—.¿Y qué hay de los trineos?
Number one.

—¡Oh, vamos!—exclamó Santa, una vez más, la sensación de fastidio y exasperación le resultó algo completamente nuevo. No eran sensaciones positivas, pero a la vez una parte de él lo sentía interesante. Estaba fuera de su zona.

—¡Usa el sentido común, papi navidad! Tu trineo cayó aquí, yo ahora mismo voy a recogerlo y estás al lado de estas enormes pilas. Conecta los puntos y verás la respuesta.

Santa miró su trineo a lo lejos, luego miró las pilas y las escobas. Se llevó una mano al pelo, dándose cuenta de que su gorro se había perdido en la caída y miró confundido a su similar acompañante.

—…¿Los trineos son...de otros Santa?—dijo

—¡Bingo! Acabo de ganar varios puntos de credibilidad, me imagino.—exclamó con las dos palmas juntas y sonriendo.

—Bueno, si quieres ponerlo de esa manera...sí, varios, pero sigo sin entender esto.

—Muy bien, dame un segundo, esto tiene un protocolo.—el otro Santa sacó una cuchara de su bolsillo, la miró detenidamente un segundo y luego le pegó con su otro dedo medio haciéndola vibrar. La acercó a su oído.—Barbas, tenemos a otro amigo preguntándose cosas, sí, acabó de llegar, no, no lo asusté apareciendo de la nada, no, no, no, no, no sufrió ningún daño grave.

Santa no podía escuchar lo que salía del otro lado de la cuchara, y de todas formas cabía la posibilidad de que el tipo estuviera fingiendo y  tomándole el pelo. Quizá todo era un mal sueño y ya. Se pellizcó mientras su igual hablaba, pero no logró despertar en la mañana del veinticuatro de diciembre, seguía viendo a un tipo hablando con una cuchara.

—...Sí, ya lo voy a limpiar. Bien, lo mando para ahí entonces.—dijo con rapidez, y luego se guardó la cuchara.—Bueno, te vas a reunir con número uno.

—¿Me va a decir como volver a repartir regalos? Siento que no tengo tiempo…

—Solo vas a poder volver si realmente lo quieres.

—¡Realmente lo quiero! ¿No se nota?

—Te vas a dar cuenta si realmente lo quieres.—dijo con una mirada un poco sombría, miró a sus herramientas de trabajo.— Respecto a lo del tiempo, no es algo de lo que deberías preocuparte ahora mismo, eres Santa Claus, entregas regalos en todo el mundo en el correr de una noche, eres una distorsión temporal andante.

—Sí, supongo...—Santa prefería no darle más vueltas al asunto, pues realmente nunca se había cuestionado como entregaba todo en una noche, esos últimos momentos se estaba cuestionando muchas cosas y no sabía cómo sentirse al respecto.—¿Como llego con número uno?

—¿Ves esta letrina?—señaló un baño portátil a lo lejos.

—Sí.

—Ve y toca la puerta tres veces.

Hizo lo que le pidieron, se sentía algo estúpido, pero golpeó tres veces con su anciana mano la puerta de plástico verde.

—Ahora ábrela.

La abrió y solo encontró un inodoro limpio.

—Metete, cierra la puerta, tira de la cadena, suelta la cisterna y cierra los ojos por diez segundos.

—¿Qué…?

—¡Solo hazlo, tonto!

Santa se metió refunfuñando, cerró la puerta, giró la pequeña llavecita del retrete y escuchó el agua fluir mientras contaba hasta diez. El sonido del inodoro se fue ahogando y sintió cuchicheos y el movimiento de máquinas. Estaba en un elevador bastante amplio, del tamaño de un cuarto, con tapices rojos y piezas de elegante metal dorado. Miró a su alrededor confundido, y se dio cuenta de que estaba sentado en una silla acolchada. Miró a los lados y vio a varias personas con atuendos extraños. Al lado suyo estaban dos personas.

Por el lado izquierdo estaba un hombre con sombrero de copa, una larga capa negra y una mueca de poca satisfacción, como si su almohadón estuviera demasiado duro. Movía sus dedos nerviosamente. Sus ojos estaban siempre tapados por una sombra perpetua que no parecía ser afectada por las numerosas luces del lugar.  Del lado derecho estaba una mujer con ropajes japoneses de apariencia bastante costosa. Llevaba el cabello con el cerquillo recto, una tiara dorada con el diseño de unas flamas y su rostro estaba completamente vendado excepto por los ojos, que eran de un escarlata penetrante. Frente a ellos, en el asiento de la otra pared, había una especie de ser dorado de varios brazos, todos cruzados, pero que mantenía una expresión pacífica. A su lado había una mujer de largo cabello negro, ataviada en ropas del mismo color y con varias capas de maquillaje, leía un libro y alguien a su lado compartía tal interés, era un hombre verde con una armadura de plumas y hermosas alas. Su piel era de un verde apagado y sus ropas ceremoniales podían verse entre las piezas.

Santa se preguntó en dónde lo habían metido y se llevó las manos a la frente antes de preguntar tímidamente:

—¿Tienen idea de dónde estamos?

A pesar de su apariencia, la chica vendada tenía una voz clara y hasta dulce, le respondió con rapidez:

—El elevador de los arquetipos…¿Es su primera vez aquí?

—Lamentablemente sí, fue una desagradable sorpresa, podría decirse.

—He oído que los Santa Claus son propensos a caer por aquí.—dijo el hombre de sombrero dedicándole una sonrisa maliciosa.

—Veo que me conocen por aquí.—dijo Santa con incomodidad.

—De donde vengo, solo los hombres en barco extranjeros hablan de leyendas sobre los de su tipo, encuentro fascinante la idea de un hombre entregando regalos y volando, todo en el correr de una noche.

—Últimamente yo también, creame.—respondió apoyando la barbilla en su mano.

—Siempre tuve dudas de cómo usted entraba por la chimenea siendo tan...gordo.—señaló el hombre de sombrero.

—No tengo idea, simplemente sucedía y ya.

—Sí, supongo que muchas cosas de esta gente se explican así, simplemente suceden.—respondió con fastidio.

Ahí estaba de nuevo, la sensación de duda, el cuestionamiento de cosas que daba por aseguradas desde un principio. Era cierto, con su panza no podría entrar por una chimenea, y ciertamente, era muy poco plausible que alguien pudiera entregar en ocho horas regalos en todo el mundo. Pero aun así sucedía, lograba entrar por la chimenea, lograba terminar su trabajo al amanecer y volver al polo norte para el desayuno.

—Sea respetuoso, don Jack, usted es igual de culpable de imposibilidades.

—Gracias por recordarmelo, Iza.—respondió el señor que llamaron Jack.—Siempre me toca en el mismo elevador contigo, qué maldición.

—Creo que la última vez fue otra Izanami.

—Me gustaba la que no tenía la cara vendada, era más amable que tu.

—Es lo que le hace el fuego a una mujer.—dijo con una risita.

El elevador cambió su rumbo y en vez de ir en posición vertical, comenzó a avanzar hacia adelante como si fuese un avión, Santa pudo sentirlo y se agarró de su asiento con miedo. Sintió vergüenza, no era más rápido que su trineo, pero aun así le causaba un miedo enorme. No se sentía como él mismo. El elevador finalmente se detuvo y Jack se levantó con rapidez, nadie le dijo nada, pero se levantó.

—Nos vemos luego, mujer quemada.

—Adiós, destripador.—dijo Izanami.

La puerta se abrió, dando paso a lo que Santa distinguió como un callejón oscuro de piedra con varias luces. Jack se internó rápidamente allí, la puerta se cerró por sí sola y el elevador se movió de nuevo. Sucedió demasiado rápido como para que Santa reaccionara, tuvo varias preguntas, pero la voz del otro Santa resonó en su cabeza diciendo “Número uno”. Se limitó a una sola, dirigida a Izanami:

—¿Como se si tengo que bajarme?

—Simplemente lo sabrá.

—…¿Cómo?

—Se puede sentir, es una sensación de familiaridad, un lugar al cual perteneces.—respondió mirando la puerta del elevador.—Un hogar, quizá.

—Mi hogar está en el polo norte, quiero volver…

—Piénselo como un segundo hogar.

—¿Y cómo sabe usted, que es lo que siente?

—El olor de los cerezos, la tenue pero ininteligible voz de mi marido en la distancia y un pequeño aroma a algo quemándose. Es como si una región de este independiente mundo me llamara, como si algo sagrado me atrajera.—dijo mirando hacia arriba, a pesar de los vendajes cubriendo toda su boca, se le escuchaba perfectamente.—Cuando te ajustas al hecho de que hay más entidades como tu, de distintos espacios...todo se vuelve más fácil de procesar. Ciertamente nunca imaginé que conocería dioses griegos o monstruos de un lago.

Izanami rió con un pequeño dejo de amargura.

—…¿Qué es este lugar?—preguntó finalmente.

—Todos tenemos un número uno, pregúntale al tuyo.

—¿Incluso usted?

—Si, no la soporto mucho, pero ella llegó primero, así que la escuchamos.

Santa quiso sacarse una duda.

—¿Alguien le dio la bienvenida  antes de entrar?

—Sí, creo que es la número catorce, se sienta en su escritorio y hace caligrafía mientras te atiende de la manera más aburrida posible. Supongo que las Izanami no salimos demasiado agradables.

Santa rió.

—En mi caso era un conserje malhablado.

—Ya veo. Usted tiene suerte de ser una entidad que es vista de manera positiva, algunos nacen bajo una luz.—se llevó una mano, también vendada, a la barbilla.—Por ejemplo, Afrodita o Isis. Nacer con una connotación positiva es una bendición. A veces ser la diosa quemada no es divertido…

—Puedo imaginar que no.

—¿Piensa volver después de esto?—preguntó con curiosidad.

—¿A qué?

—A entregar regalos.

—Ciertamente me gustaría, pero tengo mis dudas.—respondió con los brazos cruzados.—Dudas que no tuve hasta el momento, se siente extraño, pero a la vez interesante…

—Véalo como un despertar.—respondió Izanami.

—¿Un despertar?

—Sí, un crecimiento. Tener dudas y cuestionarse es algo bueno, es ahí es cuando nos volvemos únicos y nos volvemos más que números en la lista de nuestros respectivos uno. Ahora usted es más que Santa Claus y yo soy más que Izanami.

—...¿Dice que entregar regalos es ir contra mi mismo?

—No, pero tienes derecho a saber varias cosas, es como tu derecho de nacimiento. Hay una razón por la que estás aquí. Nadie viene aquí por coincidencia.

—Pero estrellé mi trineo...—respondió Santa confundido.—Nunca pedí esto.

—Lo hiciste, solo no de la manera que tu y yo consideraríamos lógica. Somos conceptualmente atraídos a este lugar. Incluso si no es la primera vez que vengo, no llegué aquí por cuenta propia, estaba revisando un arbusto y vi a la número catorce del otro lado, haciendo caligrafía.

—Creo que lo entiendo, bueno en realidad no, pero entiendo tan poco a estas alturas que no hace gran diferencia. Ya no se ni quien soy…

—Usted es usted.—dijo Izanami poniéndole una mano en el hombro.—No lo olvide.

Santa pudo sentirlo en ese momento, una tenue canción de navidad, el sonido de campanillas, el aire frío de la nieve. Se levantó, estaba completamente seguro de que había llegado donde necesitaba llegar. Las puertas se abrieron revelando unas cuantas luces de colores alrededor de verdes pinos hundidos en una capa de nieve. Al fondo había una casa de madera humilde con una chimenea humeante. Izanami tenía razón, era como un segundo hogar, se sentía bienvenido. Se giró hacia ella:

—Muchas gracias por todo, señorita Izanami.

—Hacía tiempo que no me decían señorita, pero me alegro de que aun de ese aire.—se levantó e hizo una pequeña reverencia.—Buena suerte.

—Gracias…

Pasó por la puerta y entró, miró hacia atrás mientras se cerraba lentamente. Izanami ya estaba sentada, pero lo saludaba con la mano. Una parte de él se sentía triste de tener que dejarla ir, pero fue muy tarde para detener la puerta. Se giró para mirar el nuevo paisaje. Era muy similar a su casa en el polo norte. Notó ligeras diferencias, pero la estructura era similar. La casa le emitía una sensación cálida e indescriptible, sentía que si entraba, podría quedarse allí toda la vida. Sus dudas aun no se despejaban, pero al menos ahora tenía algo con que balancearlo. Tocó la puerta.

—¡Adelante!

Abrió la puerta educadamente y lo primero que vio fue a otro Santa Claus sentado junto a la chimenea, estaba mirando una lista y tenía un plato de galletas y un vaso de leche en una pequeña mesita de luz a su lado. Así como el conserje, era muy parecido a él, pero con ligeras diferencias. Sus ropas eran más informales, con una camisa y un chaleco verde y rojo. Se miraron medio minuto hasta que él habló.

—¡Pase, pase! No quiero que entre el frío.—dijo riendo y señalando otro sillón frente a él que Santa pudo jurar no estaba allí hace unos segundos.—Siéntese, debe estar cansado.

—Con su permiso.—dijo sentándose.
—Así que...usted es el número tres millones setecientos treinta y seis.—dijo tomando de su vaso de leche.—¿Lo trató bien el portero?

A Santa Casi le da un infarto al escuchar aquel número, pero respiró un poco, algo dentro de él esperaba una respuesta igual de compleja que sacudiera su cerebro. Eso ya era un patrón allí. Finalmente respondió:

—Si se refiere al conserje, al número dos, sí, era un poco...ríspido pero me guió sin problemas hasta aquí.

—Menos mal, a veces me da miedo que sea muy rudo y ahuyente a nuestros colegas.—dijo con cierto nerviosismo.

Santa fue directo.

—Mire, necesito volver a entregar regalos y me dijeron que hablara con usted. Tengo entendido que hay miles de Santas y usted es como el jefe y que tiene las respuestas.

—Estoy seguro de que ya le dijeron esto, pero si usted quisiera realmente estar entregando regalos, lo estaría haciendo ahora mismo.—respondió mientras agarraba el plato de las galletas y se lo acercaba a la mesa central que se materializó entre ellos dos mientras Santa no miraba.—¿Galletas?

—No, gracias, no tengo hambre. No tengo idea de que quieren decir con esto de “querer”, siento que realmente quiero seguir con mi trabajo, pero me estrellé aquí.

—Sí, porque quiso, también.—respondió con una sonrisa.

—Ajá, también me dijeron eso, pero sigo sin entenderlo. La señorita del elevador, Izanami, me dijo que es querer algo de una manera que quizá no sea lógica y no lo entiendo. ¿Qué clase ser racional querría estrellarse? No puedo comprenderlo.

—Señor Claus, llamémosle así, para diferenciarlos entre sí y por que prefiero San Nicolás en mi caso. ¿Podrá responder una simple pregunta?

—A ver...

— ¿Usted recuerda que es lo que hace entre el amanecer del veinticinco de diciembre y el inicio del veinticuatro de diciembre del año próximo? ¿Su rutina? ¿Lo que hace cuando no es navidad?

Santa se llevó una mano a la frente y comenzó a pensar. Trató de pensar en algo que no fueran esos días, intentó armar los eventos en su cerebro, su itinerario, que hacía cuando no era navidad, el veintitrés y los días anteriores. Pensó en cómo se levantaba de su cama, pero luego todo estaba en blanco. Él sabía que tenía una esposa, pero su cara estaba borrosa, se sentía nublado. Solo podía recordar lo que ocurría en esos días. Comenzó a sudar, pero no se rindió. Trató de conectar los puntos, pero en su calendario mental sólo existían esos días, eran dos cuadrados flotando en su mente. Recordaba cada detalle de ellos pero no el resto de los días. Se llevó una mano a la frente, sentía ganas de vomitar.

—N-No, no lo recuerdo...—gimió.

—Exactamente.

—¡¿Qué le hicieron a mis recuerdos?!—exclamó agarrándose de la cabeza.

—¿Nosotros? Nada.

—...No me mienta por favor.

—No le miento, señor Claus, nosotros no tocamos los recuerdos de nadie, pero incluso si, hipotéticamente, lo hiciéramos, no podríamos tocar algo que para empezar no existe.

Santa comenzó a sudar y se le dilataron las pupilas. Sintió algo en su garganta, no sabía si era un grito o las ganas de vomitar.

—…¿Qué? Debe estar bromeando.

—Yo no bromeo, quiero ayudarle y créame que entiendo su reacción.

—¡Me está diciendo que no tengo recuerdos más allá de navidad! ¡¿Por qué?!

—Bueno, creo que en su diseño inicial, lo que haga fuera de navidad no es realmente de interés general así que no existe, al menos por ahora.

—…¿Diseño?...¿Interés general?

—Señor Claus…¿No lo notó?—preguntó acercándose un poco.

—¿Notar que?

—Las fallas en el trineo, que Rodolfo no estuviera, el hecho de que está experimentando nuevas sensaciones que le parecen nuevas pero a la vez le resultan fascinantes, son signos, todo está conectado. Ahora mismo está perdiendo su compostura, eso nunca pasaba antes del accidente.

—Yo…

—¿No lo comprende? Usted mismo se está dando cuenta inconscientemente de la anormal naturaleza de su propia existencia.—se inclinó hacia atrás de nuevo.—Eso distorsiona su realidad, destruye el sistema de dos días que ha tenido desde hace años. El hecho de que se cuestione el hecho de cómo es que entrega todos esos regalos en una noche es signo de que usted está trascendiendo. Simplemente sucedía, la realidad se acomodaba para que todos los niños tuvieran regalos en el universo en el que vive. Las chimeneas también se adaptaban al modelo de gordo que nos llevan imponiendo desde hace años.

—¿Siquiera existo fuera de esos días?

—Existe, pero no hace nada, está en un letargo.

—¿Cómo es eso posible? Soy un ser como cualquier otro, no tiene sentido.

—No lo es, usted, yo y todos los que ingresamos en este particular mundo con el elevador somos anomalías, creaciones colectivas, algunas más complejas que otras, pero creaciones colectivas al fin y al cabo. No nacimos de un útero a menos que nuestro diseño inicial lo diga. Trascendemos eso.

—¿Somos...imaginarios?

—No, eso implicaría que no existimos. Somos más bien conceptos con vida propia, seres conceptuales. La mente de los seres vivos tiene un poder infinito si se ponen de acuerdo en algo, pueden manipular la realidad a niveles masivos, aunque no lo noten. Usted y yo existimos por que los niños y supongo que algunos adultos nos trajeron a la existencia.—rió un poco.—El universo, o más bien los universos funcionan de maneras interesantes, señor Claus.

Santa ya no sabía qué responder, su cerebro se había vuelto una tormenta de implicaciones y respuestas absurdas. Pensó en los niños, pensó en los regalos, pensó en las montañas de trineos y en el resto de las entidades en aquel elevador. Si lo que decía San Nicolás era cierto, todos iban a conocer a su número uno, todos eran creaciones humanas basadas en algo impuesto, Jack, Izanami, el ser dorado de varios brazos, el hombre verde de la armadura de plumas. Todos estaban allí, y si estaban allí era porque tenían dudas o complicaciones respecto a su propia existencia.

—¿Existe la posibilidad de que esto sea un mal sueño y ya?...—preguntó finalmente.

—No.

—...Dios mío.

—¿Viste las montañas de trineos en nuestra pista de aterrizaje particular? No eres el primer Santa que cae aquí, eventualmente todos tienen dudas. Algunos vuelven a sus rutinas en sus universos y otros, bueno, eligen otros caminos. Ves este conocimiento como una maldición, pero creo que para alguien de un diseño tan simple como tu, es una bendición. Escapaste de las cadenas humanas.

—No puedo evitar sentirme insultado por ser llamado simple, señor Nicolás.

—No es tu culpa serlo, vienes de un universo donde las mentes que te recuerdan están más o menos de acuerdo que no haces otra cosa que entregar regalos y luego el resto no es relevante. Un Santa de otro universo pudo haber sido pensado con una rutina más compleja, a este santa hipotético le tomaría más tiempo darse cuenta de la naturaleza anómala de su propia existencia, de tener una elección.—explicó con calma.—Este lugar es el segundo hogar para aquellos seres que se cuestionan el todo de su ser, pues es su derecho de nacimiento y eso te incluye. Seremos conceptos, seremos creaciones colectivas, pero somos seres vivos. Número dos decidió quedarse a ayudarme, número tres es el que revisa en una torre los trineos cayendo y todos los demás también decidieron qué hacer by siempre son bienvenidos.

—Somos más que un número.

—Por supuesto, pero hay pocos nombres para nuestra, digamos, “especie” así que me resulta más fácil dirigirme a ustedes con los números. Si te sirve, considero a cada uno de ustedes mis hermanos.

Santa sonrió, aun no sabía qué pensar respecto a todo, pero a la vez apreció que alguien pudiera darle las respuestas de manera directa, por confusas que fueran. Miró hacia la ventana, había comenzado a nevar, al parecer eso era posible en ese mundo. A unos metros de su sillón había una puerta que daba con el jardín de atrás. No la había notado, así que asumió que se había materializado sin que él se diera cuenta.

—Supongo que te dicen número uno porque fuiste el primer Santa Claus.

—Correcto. Cuando me di cuenta de la naturaleza de mi existencia y de el hecho de que otros como yo estarían para ayudarme en llevar los regalos donde mi existencia tuviera sentido, decidí quedarme a ayudarlos en caso de cualquier cosa. Es el mejor trabajo del mundo, te lo recomiendo, bueno, al menos mientras seas una entidad benévola. No me gustaría ser número uno de los Jack el destripador.—se incorporó.—Estoy seguro de que aún tienes dudas.

—Las tengo, muchas, hay muchas cosas que aún no entran en mi cabeza y aun me preocupa que los niños no tengan sus regalos. Confieso que ahora dudo si seguir con mi trabajo, pero siento que debo terminar lo empezado.

—Si me da las direcciones, puedo encargarme de eso.—dijo San Nicolás con una radiante sonrisa.

—No, no podría pedirle eso, Nicolás.—rechazó Santa.

—Oiga, estoy para ayudar, y aun tengo el espíritu navideño, nadie va a notar la diferencia, aparte de que no quiero que te veas obligado a hacer algo si dudas.—se puso su traje y sacó una lista de su bolsillo.—¿Estabas por Niobrara, verdad?

—Bueno, sí.
—Conseguiré los juguetes y luego los entregaré. Nos vemos mañana por la mañana. Si decides que hacer, entra por la puerta a tu lado, y si no, bueno tendré algo más de compañía por un tiempo.—se encaminó hacia la puerta de entrada.—¡Jo, jo, jo! si algún hermano más viene, dile que espere y dale leche con galletas

San Nicolás salió, Santa razonó que él extrañaba bastante su trabajo, así que saltó a la mínima oportunidad de tomarla.La puerta se abrió de nuevo, dándole a Santa un sobresalto y San Nicolás asomó la cabeza de nuevo, con una expresión jovial.

—Olvidé algo, señor Claus.

—¿Qué cosa?—respondió Santa con curiosidad.

—Feliz navidad.


Fin.







































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